Felicidad, resilencia, anticapitalismo

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1.- La revista BioScience, del American Institute of Biological Sciences (Instituto Americano de Ciencias Biológicas), publica en su edición de noviembre de 2017 una “Advertencia de la Comunidad Científica Mundial a la Humanidad: segundo aviso”, suscrita por más 15 mil científicos de 184 países.

El primer aviso, publicado en 1992 (el mismo año de la célebre Cumbre de la Tierra) y suscrito por más de 1700 científicos, iniciaba de la siguiente manera: “Los seres humanos y el mundo natural van rumbo a una colisión. Las actividades humanas infligen severo y a menudo irreversible daño al medio ambiente y a los recursos críticos. Si no son controladas, muchas de nuestras prácticas actuales ponen en serio riesgo el futuro que deseamos para la sociedad humana y los reinos animal y vegetal, posiblemente alterando el mundo viviente de tal forma que será imposible preservar la vida tal y como la conocemos ahora. Urgen cambios fundamentales si queremos evitar la colisión a la que nos conduce nuestro rumbo actual”.

Veinticinco años después, el rumbo no solo no fue corregido, sino que el paso fue acelerado, de acuerdo al balance que arroja el documento más reciente: “Con su fracaso en limitar adecuadamente el crecimiento de la población, en reevaluar el papel de una economía enraizada en el crecimiento permanente, en reducir la emisión de GEI [Gases de Efecto Invernadero], en incentivar la energía renovable, en proteger el hábitat, en restaurar los ecosistemas, en parar la extinción de fauna, en frenar las especies invasivas, la humanidad no está tomando los pasos urgentes que necesitamos para salvaguardar nuestra muy amenazada biósfera”.

De acuerdo a los científicos, “hemos desatado un evento de extinción masiva de especies, la sexta en unos 540 millones de años, mediante la cual muchas de las actuales formas de vida podrían ser aniquiladas o, como poco, comprometidas a la extinción hacia el final de este siglo”. Y vuelven a advertir: “Pronto será demasiado tarde para cambiar el rumbo de la actual trayectoria que nos lleva al fracaso y nos estamos quedando sin tiempo”.

No es ciencia ficción. Son los hechos. La evidencia es abrumadora y, en buena medida, irrefutable.

2.- El filósofo, matemático y ecologista Jorge Riechmann, y uno de los firmantes del segundo aviso, aporta información abundante y muy valiosa en su libro de 2015: “Autoconstrucción. Ensayos sobre la transformación cultural que necesitamos” (1).

El problema, plantea de entrada, es el capitalismo entendido como modelo civilizatorio: “El capitalismo en su infancia explotaba a las personas y devastaba la naturaleza; el capitalismo en su senectud explota a las personas y devasta la naturaleza. La diferencia es que ahora, después de dos siglos de industrialización capitalista, es ya el planeta entero el que está sometido a esas dinámicas; y la destrucción se ha acelerado tanto que apenas tenemos ya tiempo para luchar por un cambio de rumbo”.

La devastación que produce el capitalismo se expresa, entre otras formas, en el calentamiento global: vamos rumbo a un incremento de entre 4 y 6 grados centígrados en la temperatura promedio del planeta (respecto de las temperaturas preindustriales), lo que ocurrirá antes de que finalice el siglo XXI. Si bien el cuerpo humano puede asimilar este cambio, no sucede así con “los cultivos y los agrosistemas que utilizamos para la producción de alimentos”. Riechmann es severo en el diagnóstico: “Vamos a un genocidio preprogramado (aunque previsible y evitable)”.

A propósito del hito que significó la Cumbre de Río de 1992, pero sobre todo de la necesidad de impugnación radical del actual modelo civilizatorio, Riechmann cita al climatólogo Kevin Anderson, director adjunto del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático, quien afirma: “Tal vez, durante la Cumbre de la Tierra de 1992, o incluso en el cambio de milenio, el nivel de los dos grados centígrados podría haberse logrado a través de significativos cambios evolutivos en el marco de la hegemonía política y económica existentes. ¡Pero el cambio climático es un asunto acumulativo! Ahora, en 2013, desde nuestras naciones altamente emisoras (post-) industriales nos enfrentamos a un panorama muy diferente. Nuestro constante y colectivo despilfarro de carbono ha desperdiciado toda oportunidad de un ‘cambio evolutivo’ realista para alcanzar nuestro anterior (y más amplio) objetivo de los dos grados. Hoy, después de dos décadas de promesas y mentiras, lo que queda del objetivo de los dos grados exige un cambio revolucionario de la hegemonía política y económica” (el énfasis es del propio Anderson).

Mucho se ha escrito sobre Venezuela y su condición de país mina, del carácter “rentístico petrolero” de su capitalismo, y del correlato político, social y cultural de este modelo. Pero no es menos cierto que “vivimos en una civilización minera que en un lapso de tiempo brevísimo en términos históricos está acabando con los tesoros del subsuelo”. Así, por ejemplo, “el cénit del petróleo (peak oil) ya comenzó en 2005, cuando se alcanzó el techo de extracción del crudo convencional de mejor calidad”. Y no es solo el petróleo: el cénit del gas natural puede alcanzarse antes de 2020, lo mismo que del uranio; el del carbón alrededor de 2020, el del cobre en 2024, el del aluminio en 2057, el del hierro en 2068. “Resulta incluso posible que el cénit conjunto de las energías no renovables (que hoy proporcionan las nueve décimas partes de la energía primaria que estamos usando) sea alcanzado en 2018”.

Plantea Riechmann, siguiendo a Daniel Tanuro, que no hay solución al problema del cambio climático “dentro del marco capitalista”, a lo sumo elección entre “alternativas infernales”, tales como la energía nuclear o la geoingeniería. Para detener la aniquilación de la vida sobre el planeta, lo primero que habría que hacer, puntualiza Tanuro, es expropiar a las compañías de energías fósiles y de las finanzas. Además, tendríamos que avanzar en “la supresión de las patentes en el ámbito de la energía, la lucha contra la obsolescencia programada de los productos, el fin de la primacía del automóvil, una extensión del sector público (particularmente para el aislamiento de los edificios), la reabsorción del paro mediante una reducción generalizada y drástica de la jornada laboral (sin merma del salario), la supresión de las producciones inútiles y nocivas como las armas (con recolocación de los trabajadores), la localización de la producción y la sustitución de la agroindustria globalizada por una agricultura campesina de proximidad. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero lo primero que hay que hacer es decirlo”.

3.- Resulta imposible entender lo que acontece en Venezuela ignorando esta información de contexto. Una vez que comenzamos a asimilar las implicaciones de estas circunstancias históricas, vamos comprendiendo el dilema al que nos enfrentamos: elegir, en el mejor de los casos, entre alternativas infernales, cualesquiera que estas sean, o luchar para evitar volver al infierno. “Entrad, mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir” (2), dijo el ángel portero a Dante y Virgilio, mientras les abría la sagrada puerta que conduce al purgatorio.

No podemos volver atrás.

Las sistemáticas agresiones contra la sociedad venezolana se relacionan directamente con el cénit de las energías no renovables; es decir, son expresión de la clara intención de los poderes fácticos del capitalismo global, comenzando por el imperialismo estadounidense, de recuperar el control de nuestros recursos en tiempos de creciente escasez.

Riechmann se pregunta: “¿Qué valores y rasgos sociales deberían prevalecer para salir adelante en las dificilísimas situaciones que vamos a encarar en el Siglo de la Gran Prueba? Bueno, se diría que para visibilizarlo ¡basta con invertir los rasgos fácticos de nuestras sociedades capitalistas neoliberales, en su configuración actual! En efecto, necesitaríamos 1) un nivel muy elevado de igualdad social, 2) difundidos y encarnados valores de solidaridad, cooperación y ayuda mutua, y 3) estructuras políticas fuertes y legítimas – incluyendo fuerzas policiales y militares identificadas con los intereses populares”.

¿Se comprende a dónde conduce el descomunal esfuerzo por revertir los niveles de igualdad social conquistados por la revolución bolivariana? ¿Se comprende por qué para los enemigos de la revolución es vital destruir la sociabilidad cimentada por el chavismo, fundada en la solidaridad? ¿Se comprende el porqué del sistemático ataque contra el Estado en su conjunto (incluida Petróleos de Venezuela, como ha puesto al descubierto recientemente la Fiscalía General de la República), contra el árbitro electoral, contra la Fuerza Armada Nacional Bolivariana?

Lo que está bajo ataque no es simplemente un Gobierno, sino un experimento político popular de signo transformador, que tuvo el atrevimiento de cuestionar el infernal statu quo global. De allí el pertinaz empeño en retratarlo como la encarnación del infierno en la Tierra, pero sobre todo eso explica el empeño puesto en que la sociedad venezolana sienta que ha retornado al infierno. Es el tipo de subjetividad que suscita la hiperinflación, por ejemplo: exasperación porque nadie hace nada, percepción de pérdida del horizonte material, sensación de que no hay nada que hacer.

Esto no es en lo absoluto casual. Como explica Peter Weiss: “Lo tremendo del infierno es su fijeza. Lo tremendo de allí es que los hombres, una y otra vez, por los siglos de los siglos, tienen que dejarse despedazar por el más poderoso. En cambio, en el purgatorio pueden defenderse. Tienen la libertad de tomar posición ante lo hostil. Con una vigilancia y una tensión constantes, pueden llegar a hundir el imperio de sus atormentadores. El dolor que ahí experimentan puede todavía tener sentido, si es parte de una resistencia. El paso del infierno al purgatorio es el paso de la petrificación a la razón” (3).

Las agresiones contra Venezuela persiguen precisamente esto: el paso, o más bien el retorno de la razón a la petrificación. Petrificados, o en vías de estarlo, somos infinitamente más susceptibles de caer en la trampa de creer que solo hay salida en el marco del capitalismo, es decir, que solo podemos elegir entre alternativas infernales, se vistan del ropaje político que sea.

En tales circunstancias, más que la ingenua felicidad de autoayuda, la glorificación de las salidas individuales (que con tanta frecuencia pasa por la más políticamente correcta defensa del bienestar de la familia) o el nihilismo de quienes solo desean vivir el momento presente, raudos y felices, abrasados por el fuego y la sed (4), lo que corresponde es la resiliencia. Pero de nuevo, no la resiliencia que, como recuerda Riechmann, “se ha transformado en un ideologema central del discurso capitalista”, de acuerdo al cual “no hay problemas colectivos, ni conflictos sociales: solo carencias individuales”. No la resiliencia entendida como la capacidad de sobreponerse a las adversidades y hacerse fuerte “para triunfar en la lucha de todos contra todos que es el mercado capitalista”. Al contrario, resiliencia asociada a la idea de “esperanza desengañada, esperanza que no se haga ni la menor ilusión sobre la profundidad de la tragedia humana”.

Resiliencia porque estamos mal y porque vamos de mal en peor; porque estamos lejos de vivir en el mejor de los mundos posibles; resiliencia que traduce la alegría de quienes luchan contra un modelo civilizatorio que nos conduce a la barbarie; resiliencia para no retornar al infierno y para que el mundo deje de serlo. Para que la humanidad tenga futuro. Para que triunfe la vida en la Tierra.

Notas

(1) Jorge Riechmann. Autoconstrucción. Ensayos sobre la transformación cultural que necesitamos. Editorial Los Libros de la Catarata. Madrid, España. 2015.

(2) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio, Canto IX. Pág. 205.

(3) Peter Weiss. Informes. Diálogo sobre Dante. Editorial Lumen/Alianza Editorial. Madrid, España. 1974. Págs. 153-154.

(4) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio, Canto XXVI. Pág. 266.

Reinaldo Iturriza López/Supuesto Negado

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