El Nula y la maquinita de reproducir dinero, un asunto de soberanía

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En El Nula, Apure, donde apenas con cruzar el río Arauca se llega a Colombia, son casi inexistentes los puntos de venta para tarjeta de débito, y hasta hace poco habían dejado de funcionar el banco y el cajero automático. De paso, recientemente se cayó el puente sobre el río Burgua, quedando la ciudad casi incomunicada, con lo cual se hizo mucho más difícil ir a ciudades cercanas en busca de efectivo.

En esta pequeña ciudad apureña, la gente debe comprar dinero en efectivo para poder comprar lo que necesita. Para obtener 100.000 bolívares en efectivo se llega a pagar hasta 160.000 por vía electrónica. Y esta compra de efectivo se hace a los propietarios de los poquísimos negocios que tienen punto de venta, quienes llegan a cobrar hasta el 60% por transacción.

El ciclo perverso en el que la gente se ve obligada a entrar es más o menos así: 1) el dinero llega en depósitos a las cuentas de la gente trabajadora, 2) la gente recurre a quienes tienen punto de venta para para poder convertir el saldo de su cuenta en dinero en efectivo, pagando el ya mencionado 60% de comisión, 3) la gente hace sus compras y ese dinero en billetes queda en manos de los comerciantes, 4) esos comerciantes no lo depositan en banco alguno sino que lo venden, 5) el dinero llega nuevamente a manos de quienes tienen punto de venta, 6) quienes tienen punto de venta tienen otras fuentes para comprar dinero en efectivo: traficantes que lo traen de ciudades cercanas o de Colombia, 7) estos lo ponen nuevamente en circulación cobrando su porcentaje especulativo por transacción. Está claro, entonces, quiénes son los(as) únicos(as) perjudicados(as).

De entrada podría pensarse que el dinero en efectivo allí escasea. Pero al recorrer la ciudad y entrar en distintos comercios, bodegas, luncherías, panaderías, es fácil constatar que en realidad no escasea: en las mesas y escritorios donde están las cajas registradoras, o simplemente los cajones de madera donde se guarda el dinero, se apilan a montones los billetes ordenados por denominación (del nuevo cono monetario, además, que escasean en ciudades como Caracas), o guardados en bolsas plásticas. ¿Conclusión? El dinero en efectivo escasea para la mayoría trabajadora y consumidora, pero no para los comerciantes: los que tienen punto de venta lo acumulan para venderlo a cambio de dinero electrónico hasta con un 60% de ganancia, y los que no tienen punto de venta lo acumulan para venderlo a los que sí lo tienen o para sacarlo a Colombia y venderlo allá.

De este modo, quien recibe su salario depositado en su cuenta personal termina recibiendo en realidad 60% menos al verse obligado a entrar en ese ciclo perverso. Para la mayoría de la gente el dinero termina valiendo menos y para una pequeña minoría termina valiendo más y, por si fuera poco, reproduciéndose como por arte de magia, impunemente, comprando y revendiendo, con un margen especulativo gigantesco, una novedosa mercancía: el dinero en efectivo. A tal extremo llega la situación, que puede resultar más favorable para la gente adquirir pesos colombianos, que también terminan por ser aceptados por muchos comercios. Del mismo modo, los pequeños y medianos productores de leche y carne terminan por aceptar, como lógico y normal, vender su producción en Colombia por el solo hecho de que así pueden obtener el margen de ganancia que les permite cubrir los gastos en insumos que no pueden conseguir en Venezuela y que compran, a su vez, en Colombia.

He aquí una más de las dinámicas en las que se expresa en concreto la guerra en la que Venezuela está inmersa. Una guerra en la que, con la introducción de elementos que distorsionan el metabolismo económico, se ponen en juego y se disparan los resortes del sentido común capitalista según el cual unos pocos sacan mayores ganancias con menores esfuerzos, sacando provecho de la necesidad de muchos. Una guerra que requiere, para ser derrotada, acciones de guerra también para eliminar los aspectos de la economía que generan esas condiciones favorables a esas lógicas de hiperespeculación, por un lado, y de sobrevivencia, por otro. Esas acciones solo están en manos de un Estado resuelto a disponer y dirigir toda su fuerza en función de ello.

Y en casos como este de El Nula se trata, además, no solo de proteger a una parte de nuestro pueblo trabajador, sino que se trata de una cuestión de soberanía. No solo es una frontera vulnerada cotidianamente por las lógicas mafiosas del contrabando extractivo de combustible, leche, carne y billetes, sino de una porción de territorio en el que empiezan a ponerse en juego otros riesgos. ¿Qué pasa si la población que allí vive prefiere practicar un comercio ilegal con el vecino país porque es económicamente más rentable que comerciar del lado venezolano y hacia el centro del país? ¿Qué pasa si en esta porción de territorio se hace más y más común el flujo de pesos colombianos por la dificultad de conseguir el dinero venezolano en efectivo?

La República y su soberanía es Territorio, Estado y Pueblo. Si en un territorio, ya de por sí vulnerado, el pueblo no es protegido por el Estado de su nación y pasa a entablar relaciones cada vez más profundas, de conveniencia incluso en una lógica de sobrevivencia, con el país vecino, ¿no sucede entonces que comienza a verse socavado el más importante fundamento de la soberanía, de la nacionalidad y del patriotismo que es, justamente, el pueblo?

Eduardo Viloria/15yÚltimo

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