“Quien promete, en deuda se mete”

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Denme la Constituyente  y les daré la victoria sobre los precios.
Nicolás Maduro

Hace un par de meses, una amiga discutía por teléfono con su pareja, de repente, decidió finalizar la conversación unilateralmente, y seguir con sus quehaceres, calladita, en medio de ese silencio que sirve de abono para la rabia.

Al final del día, cuando se alistaba para volver a casa, me dijo: “Chama, ese güevón mínimo debería estarme esperando con un montón de ‘te amo’ escritos en los espejos, la cena hecha, un candelabro con unas velas, algo, chica, algo”.

Yo me reí a morir. Era obvio que nada de eso iba a pasar, y en el fondo mi amiga también lo sabía, empezando porque su casa no tiene espejos, y ese hombre de vaina sabe qué coño es un candelabro, pero eso no borraba su deseo, y su deseo generaba expectativas, y las expectativas pueden ser la peor de las maldiciones.

Me reí, es verdad, pero eso no significa que a mí no me haya pasado algo similar. Yo he discutido con el hombre que quiero y posteriormente he imaginado que él estará esperándome en tal o cual puerta, a tal o cual hora, porque es “lo mínimo” que debería hacer. Pero, nada, el tipo no está. Y una va arrechándose más y más, porque una lo esperaba ahí, y lo esperaba a tal hora, con tal camisa, diciendo tal y cual cosa, con esta postura o aquella miraba. Entonces, una suma reclamos silentes: “¡Qué bolas tiene este! ¡Fue incapaz de venir!”, como si una lo hubiese convocado.

Al fin y al cabo, tanto mi amiga como yo fuimos criadas por Disney, Hollywood, RCTV y Venevisión, por mucho que día tras día intentemos quitarnos el lastre. Sin embargo, y aunque suene gracioso, las expectativas incumplidas duelen burda, porque en nuestro cerebro se suscitan emociones, ansias, decepciones, rabias. Nunca es fácil asumir que las cosas no sean como uno espera, sin importar si el otro conoce o no nuestros deseos. Y esto no solo ocurre en el amor.

Cuando yo me compré mi carrito, años atrás, yo tenía la visión peliculera asociada al “automóvil” instalada en mi cabeza: voy a ir al cine en la noche, saldré a rumbear, me iré a la playa todos los fines de semana, etc., etc. Hasta que la realidad me zarandeó y me puso a pagar las cuotas del crediauto y las del seguro, a buscar (tarea imposible) un puesto de estacionamiento cercano o accesible en términos económicos, asumir que quien maneja no toma, hacer de chofer de un gentío y llegar a casa de última, sola y cagada, porque, además, en términos generales, una se siente asustada.

Quizás al final Galeano tenía razón: “Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”.

Cuando empecé a vivir sola ocurrió más o menos lo mismo. Yo pensé que iba a hacer y deshacer hasta que un día me descubrí suspendiendo una reunioncita porque “ay… después se ensucia todo… y yo justo ayer trapeé hasta la última baldosa, que va”.

En la política, pasan cosas similares, con la única diferencia de que las expectativas tienen razón de ser, porque hay poderes, proyectos, ideas que, de una u otra forma, nacen o se sostienen gracias a ellas.

A usted le prometieron paz y victoria económica si usted votaba por la Constituyente, usted lo hizo, y triunfó, entonces, sus expectativas crecieron, pero resulta que no… que no hay tipo esperándome, ni candelabro, ni rubros acordados, ni precios congelados, ni usureros presos, sino todo lo contrario.

Pero, usted da chance, le alarga la vida a las expectativas, porque, en el fondo, eso es alargar su propio tiempo. “Nada, el carajo no apareció anoche, pero seguro esta mañana viene, se disculpa, me trae el desayuno”. Entonces, usted vota en las regionales, y garantiza 18 estados, pero el carajo no viene y el desayuno está complicado porque la harina que se consigue es P.A.N pero disque “made in Colombia” y vale 30 lucas,  el queso subió 200% en un mes, y los huevos todavía se ríen del precio justo que les asignó Arreaza hace apenas dos años. Mientras las opciones alternativas también agarran vuelo.

Entonces… El novio de mi amiga jamás se habría imaginado que ella quería una cena con candelabros, el güevón que yo amo probablemente pensó que si se aparecía en “equis” sitio yo le iba a escupir un ojo, pero, quienes nos pidieron el voto ¿qué? ¿Acaso alguien cree posible “consolidar la paz” con los bolsillos recibiendo plomo? Quien promete, sabe lo que el otro espera: que cumpla.

Y sí, nadie dijo que hacer una revolución sería fácil. Todos, poco a poco, van notando que los precios, en mayor o menos medida, se corresponden con factores políticos. Algunos persisten en hablar de guerra, y creen tanto en la existencia de una, que precisamente por eso les molesta que no disparemos a matar.

Si la gente votó por la Constituyente, en medio de aquel acecho feroz; si la gente votó por el chavismo y hasta reeligió candidatos, en medio de gestiones patéticas; entonces, ¿por qué no accionan?, ¿dudan del acompañamiento popular?, o ¿cuál es la verdadera razón de tanto cuerpo inmóvil, de tanto verbo estático? “Quien promete, en deuda se mete”.

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