Rápidos y furiosos

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En nuestra editorial del 9 de septiembre, luego del discurso del presidente Nicolás Maduro en la ANC, comentábamos con respecto a su propuesta sobre aplicar un sistema de “Precios Acordados” en sustitución del de Precios Justos, lo siguiente:

“(…) suele ocurrir que previo y durante el proceso de negociación, los precios y la escasez se disparan, fundamentalmente por tres razones. La primera, porque los comerciantes y productores toman la “previsión” de guardar (acaparar) la mercancía existente o retardar la producción reciente esperando los nuevos precios resultantes de dicha negociación (o sea, especulan). La segunda, porque dicha práctica acaparadora-especulativa sirve a su vez de chantaje a la hora de negociar. Y la tercera porque, consciente de ello, los consumidores se lanzan a buscar los productos coadyuvando a la especulación y la escasez. Es por esta razón que, por lo general, las concertaciones se acompañan de congelamientos temporales de precios. O en su defecto, por una activa e inmediata fiscalización”.

Estamos ya prácticamente a un mes de dicho anuncio sobre acuerdos de precios, de la presentación de la ley respectiva para su discusión y aprobación, así como del llamado a la constitución de las mesas de acuerdo. Y estamos también a poco más de diez días de unas nuevas elecciones, en este caso de gobernadores. Y no solo no se sabe más nada de los precios acordados, sino que lo que se sabe de los no-acordados es terrorífico, por decirlo de alguna manera.

El tipo de cambio paralelo el fin de semana del 30 de julio, cuando se eligió la Constituyente, estaba en diez mil bolívares por dólar. Para el 1 de mayo de 2017, día de su convocatoria, marcaba Bs. 4.283, un ajuste de casi 150%. Para el día de la ida del presidente a la ANC rozaba los 20 mil, 100% más que el día de la elección. Y a la fecha de hoy bordea los 30 mil por dólar, es decir, 200% más. El jamón de pierna por aquellas fechas costaba alrededor de 15 mil bolívares el kilo, hoy ronda los 60 mil, lo mismo que el queso blanco. El kilo de tomate pasó de 10 mil a 25 mil; los huevos, de 20 mil a 40 mil, más o menos lo mismo que ha variado la carne. Porcentajes similares pueden sacarse prácticamente de cualquier otro producto de consumo, masivo o no.

Es decir, tal y como habíamos previsto, mientras se deshoja la margarita de los precios acordados, los no-acordados, o sea, los precios que son impuestos unilateralmente por los comerciantes, se han disparado rápida y furiosamente.

En una nota del 29 de junio, titulada “Una tormenta de precios perfecta”, planteaban sus autores cómo, de cara a las elecciones para la Constituyente, el gobierno enfrentaba una tormenta de precios desconstituyente perfecta. El dilema en aquel entonces estaba en saber si la violencia ejercida contra los asalariados y asalariadas, a la hora de pagar las cosas que necesitan, sería lo suficientemente fuerte como para hacer fracasar la apuesta de la ANC, en la medida en que, absteniéndose o votando nulo, la mayoría nacional expresara su malestar castigando electoralmente al gobierno. Sin embargo, eso no ocurrió. De hecho, pasó todo lo contrario: la gente fue a votar masivamente.

Todo parece indicar que el principal motivador del voto el 30-J no fue que a los votantes se les olvidara lo de los precios. Tampoco que el gobierno hiciese algo que mejorara la situación. Lo que ocurrió fue que la gente mayoritariamente priorizó como problema el que acabara la violencia terrorista guarimbera y se resolviera el conflicto político por la vía democrática. Ahora esa violencia ya no existe –por más latente que siga estando– y esa ha sido la gran victoria política del gobierno. El problema es que precisamente por eso la gente vuelve a centrar su atención y expectativas sobre los temas económicos, por lo que habría que preguntarse, dado el cuadro antes descrito, ¿qué pasará el 15-O?: ¿le dará el pueblo un nuevo voto de confianza al gobierno?, ¿o tal y como pasó el 15 de diciembre de 2015 le pasará factura? Algunos parecen apostar a la desmovilización y desilusión oposicionista para que el chavismo obtenga un “buen” resultado. Es probable. Sin embargo, también lo es que dicha desmovilización y desilusión arrastre igualmente al chavismo en la medida que haya quien sienta que con la constituyente económica pasa algo similar a la oferta de la “última cola” oposicionista.

Como quiera que esto resulte, más allá del mero cálculo electoral, las preguntas que hay que hacerse no son menos importantes: ¿habrá conciencia real del drama que viven día a día los venezolanos a la hora de abastecerse, de los efectos no solo económicos sino sociales y culturales que esto causa?, ¿hasta cuándo podrá prolongarse esta situación?, ¿tendremos tiempo, como país, de que se publiquen las leyes constituyentes, se consulten, discutan y finalmente aprueben, pongan en práctica, etc., que se supere el rentismo, las fuerzas productivas se desarrollen y seamos una potencia exportadora no petrolera? A este respecto, tal vez valga recordar aquellas palabras sabias de Keynes en torno al debate a la tendencia al equilibrio de largo plazo planteado por la economía neoclásica: puede que en el largo plazo tales cosas sean ciertas y funcionen, el problema es que en el largo plazo ya todos estaremos muertos.

15 y Última

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