Carta a Violeta Parra, Viola Chilensis

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“…con este ambiente de canto banal, pintoresquista, de tarjeta postal, un canto para… bueno, para el tourist…, surge de pronto una voz áspera, ruda, vital, tremenda, que marcó una senda en Chile. Violeta Parra es para nosotros la artista popular por excelencia.

…Violeta marcó el camino… y por ahí seguimos…”

Víctor Jara

En la primavera del campo chileno, en ese octubre de 1917, donde florecen las rosas color té, y el mundo está a punto de cambiar para siempre, atravesando el siglo por las entrañas naces, Violeta del Carmen. Parra por Eduardo, Roberto y Nicanor (todos comunistas con el favor de mi Dios), Sandoval por doña Clara y su máquina de coser hasta el firmamento.

Pariendo arpilleras, hijos, cantos, no sabremos nunca, ni serán suficientes las interpretaciones y revisiones a tu obra, tus matices y estados de ánimo. Animal que no gusta de medias tintas, la densidad en cada punto del bordado, el amor total de cada verso, nos lleva una y otra vez a visitarte, a sentarnos en tu regazo o ayudarte a sacudir las almohadas.

Mujer hecha de tierra y ríos, de mar y cerros que subiste y bajaste, recuperando las voces, cantos y sentires del cantor y la cantora anónima que puebla nuestra vertiginosa faja, acantilado continental. Años de caminar con tu grabadora al hombro, recogiendo nuestra tradición oral y absorbiendo los modos y emociones, las lágrimas y carcajadas que te hicieron ese ser único, infinito, carne de carne que rasga el silencio con su verdad.

Quisiste también brillar (y lo hiciste) de cero al infinito en tierras lejanas, y el París de los años latinoamericanos se rindió a tus pies, Museo del Louvre y Teatro L’Escala, removidos por el terremoto que te brotaba del pecho. Es cierto, pero violeta sin tierra se marchita, y tú eres matria, arte y dolor, alegría incombustible de un pueblo que canta por tu boca y siembra por tus manos.

Tu retorno y la siembra en Victor Jara, Rolando Alarcón, Patricio Manns, Quilapayún, Inti Ilimani, tus hijos Ángel e Isabel, partera de la Nueva (y por fin nuestra) Canción Chilena. La Peña de la calle Carmen, y la Carpa de La Reina, donde el canto profundo alternaba con los juegos infantiles, las cuecas, sirillas y refalosas, todo instrumento vale para hacer resonar la tierra y los cuerpos.

Y no es sólo Run Run, sino la vida toda que se te iba entre los dedos y los ojos, la agonía de una vida con la que nunca conformarse, maldigo tu alto cielo que nos robó tu voz antes de tiempo (siempre es antes de tiempo).

Papeles, pinturas, sábanas, cazuela, guitarra, críos, gallinas, tomates, lanas, todo junto en la melancolía sin fin de tu poesía, la sinceridad de tu canto, la bala con que bajaste violenta el telón antes de cumplir los cincuenta años.

Han pasado cien años, y pasarán cien más, y tu voz nos acompaña en lluvia y primavera, en cada flor que nace y vuelve a nacer, porfiada, en esta tierra tan telúrica como tu presencia. No habrá tiempo capaz de borrarte, ni silencio que se resista a tu opinión, y espantaremos el olvido con tus tonadas, hasta que los pobres tengamos y nuestros amores sean bien correspondidos.

Salú por ti, matriarca generosa, de la identidad toda.

Roberto Bermúdez, trabajador latinoamericano

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