Acabamos con la corrupción o la corrupción acabará con nosotros

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La dimensión del problema es grande y no comenzó ayer: el Ministerio Público, según explicó Tareck William Saab, llevaba diez años como espacio de desarrollo y consolidación de mafias que practicaban extorsión, tráfico de influencias, cobro de comisiones, corrupción. Diez años significa 2007, cuando Hugo Chávez era presidente, y las principales coordenadas de la revolución se estaban forjando. El problema, vemos, es profundo, y se vino desarrollando en las sombras hasta transversalizarse. ¿Hasta dónde llega hoy la corrupción?

El Comandante tomó consciencia de las dimensiones del problema, y se propuso combatirlo frontalmente: “Voy a ser sumamente duro con mi propia gente, más duro de lo que he sido nunca antes jamás, en toda mi vida. Uno tiene que asumir su responsabilidad y exigirle a cada quien que asuma la suya, y creo tener moral para exigírselo a todos y a todas, y voy a hacer uso de esa autoridad (…) Esto va dirigido a mis propias filas, mi propio gobierno, ministerios, entes descentralizados, unidades productivas, programas”.  Esas fueron sus palabras el 5 de noviembre del 2012.

La dimensión del problema, ya lo señalaba, era múltiple. Por un lado, lo ético-moral: la corrupción ha dañado la credibilidad de sectores de la dirección, de la revolución. En lugar de dar el ejemplo, enfrentar el problema, se optó por esconderlo, no reconocer la magnitud que ya Hugo Chávez señalaba, y que, a partir de la traición política de Luisa Ortega Díaz, ha quedado expuesta ante el país. Lo decía Chávez: “Si tengo que cambiar a alguien, destituir a alguien, ordenar un juicio, una investigación tengo que hacerlo”.

En segundo lugar, el daño sobre la economía es profundo. Los últimos casos revelan redes de corrupción en la Faja del Orinoco, en las importaciones, en el sector de salud, es decir en ejes estratégicos de nuestra economía que está bajo ataques de guerra. No se puede comprender la gravedad de la situación económica sin incorporar el elemento de la corrupción al análisis. Chávez insistía sobre la diferenciación en las responsabilidades: “La culpa está en los escalones superiores, por eso hay que establecer responsabilidades, y les prometo mano de hierro, de ministros pa’bajo”.

Si la economía estatal presenta signos de dificultad severos desde hace años, si las importaciones se convirtieron en espacios para poder desarrollar enriquecimientos personales, es porque, entre otras cosas, la corrupción ha permitido y ampliado su existencia. Se trata entonces de combatir un problema que afecta a la seguridad de la Nación, el peor enemigo interno del proyecto histórico, como dijo el presidente Nicolás Maduro este 19 de septiembre:

“Si ustedes me preguntan quién es el enemigo de la paz y la soberanía de Venezuela, yo les digo Mister Trump, pero si me dicen cuál es el peor y más peligroso enemigo que tiene el futuro de Venezuela, yo les digo la burocracia, la corrupción, la indolencia, los bandidos y bandidas que están al frente de cargos públicos y no le cumplen al público (…) los que tienen cargos públicos y se dedican a robar al pueblo, tenemos que hacer una batalla inclemente contra ellos”.

Creemos que la solución debe encaminarse por tres caminos. En primer lugar, la participación popular. Chávez subrayó ese punto ese 5 de noviembre: “Darle poder a los trabajadores, que no quede en manos de los gerentes (…) son elementos fundamentales del modelo que hay que tomar en cuenta y en muchos casos insertarlos, porque no están en la situación actual: el poder popular, consejos de inspección, para la elaboración de los planes, los seguimientos de los planes desde abajo (…) el poder de denuncia”. Estamos seguros, sin democracia protagónica no habrá solución al problema: debemos crear inspectores populares anticorrupción, que puedan actuar en el territorio y ser parte de planes y medidas para controlar las contrataciones públicas.

En segundo lugar, un debate abierto al país desde la Asamblea Nacional Constituyente. Un asunto de estas dimensiones no puede ser reducido a una discusión entre paredes. La gente necesita hablar al respecto, decir lo que tiene por decir, criticar, proponer, construir de conjunto las respuestas a un problema que afecta la vida diaria moral y material de la mayoría de la población.

En tercer lugar, causas, juicios, inhabilitaciones: justicia. Ese delito debe tener además un castigo mayor, debe ser un delito de Lesa Patria. De nada sirve el protagonismo popular y el debate democrático si no existen penas acordes a la dimensión del problema, y voluntad política de la dirección de avanzar frontalmente contra ese problema. Reconocemos esa voluntad en el presidente Nicolás Maduro, en el trabajo del nuevo Fiscal, creemos que se debe profundizar, transversalizar, para poder desmontar los mecanismos que desde dentro de la revolución traicionan a la revolución.

Sabemos que se trata de un asunto complejo, que proviene de antes de la revolución, que se desarrolló desde el interior del proceso contra el mismo Chávez. Combatirla implica necesariamente un proceso de revisión de la misma revolución, de causas, juicios, de verdades que tarde o temprano aparecen, como se vio con Luisa Ortega Díaz, Miguel Rodríguez Torres, Hebert García Plaza, por ejemplo. Estamos seguros de una cosa más: o acabamos con la corrupción o la corrupción seguirá avanzando y destruyendo desde dentro la misma revolución. No queda más tiempo, el proceso, la gente, la historia lo demanda.

Coordinación Nacional de la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora

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