Crónica de un kilo y medio de azúcar a 22 mil bolívares

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Por: Augusto Márquez

En un automercado del este caraqueño, específicamente en uno de El Cafetal, me agarró uno de estos fines de semana. Sí, por esos lados de Cerro Verde donde la mamá de Capriles tiene su súper mansión y donde vive buena parte de la clase media alta-alta caraqueña.

Estaba buscando azúcar, pasta o leche, o cualquier otro producto secuestrado por las mafias del acaparamiento y el bachaqueo. Algunos compañeros de trabajo me habían comentado que en comparación a mercados del centro o de otras zonas de la capital era mucho más sencillo conseguirlos, y quizás hasta un poco más barato que en el mercado bachaquero. Sólo un poco, me alertaban, quizás queriéndome decir en el fondo que no valía la pena llegarse.

Pero bueno, decidí llegarme. Ahorrando de 300 en 300 bolívares, los pasajes de la semana se resuelven y se completa para el kilo de yuca o ñame que nunca viene mal para acompañar esas lágrimas de pollo o carne guisá que uno compra semanalmente. Si me iba muy mal, me regresaba y listo. Nada del otro mundo.

Entro y lo primero que noto es que el automercado está full de gente. Pero no de cualquiera, sino de catires, ojos azules, descendientes de portugueses, españoles, italianos, de todas las edades y contexturas, caminando por los pasillos y tratando de no chocarse con los carritos. Nada del otro mundo en una zona de la capital que desde siempre ha sido la madriguera de los extranjeros que se hicieron millonarios con y desde Angarita.

Voy pasando por los pasillos. En efecto, hay arroz, pasta, leche, harina de trigo, todos a precios que en comparación a los del bachaqueo tienen un final de fotografía, incluso algunos, como los del arroz y la pasta, bastante por encima. Me doy otra vuelta para ver qué más veo, ya pensando en irme, y de repente ¡¡¡AZÚCAR!!! Pienso en el cafecito de la mañana, en las guarapos de parchita y guayaba bien dulcitos. En todas esa adicciones (sabrosas, porque no existe una que no lo sea) que desde niño me inoculó la industria azucarera, legado de los Vollmer y Coca-Cola.

Estaba un poco arriba de la cornisa, me paro de puntillas y bajo el kilo y medio (4 libras). El precio marca 22 mil bolívares por el pecho. Sí, 22 mil bolívares como lo leyó. El azúcar es de una marca gringa llamada Domino y quedaban como diez paquetes en el anaquel. La devuelvo por razones obvias. Doy una última vuelta, agarro un jabón Axion para lavar los platos (tenía meses sin poder comprarlo) y me dirijo a la caja a pagarlo.

En los carritos que posan por delante de mí el azúcar gringa está, nadie perdió el chance de llevarse uno. Otro, de la cola de al lado, llevaban de dos y a tres. Son pocos en la cola quienes no llevaron ese día al menos un kilo y medio para sus casas.

No les voy a caer a rollos: quienes esperaban para pagarlo no estaban maldiciendo a Maduro, ni quejándose de la situación del país, ni arrechos. Porque cuando se va a gastar un realero por comida es casi imposible que no salga a relucir alguna condena, pagarla con alguien pues. Pero en este caso y para esta gente, eso ni es un realero ni tampoco un motivo de malhumor.

Más bien reían, comentaban sus vivencias de clase media alta (de si fueron a comer para tal sitio nuevo, que si nosequiencito me dijo esto en el gimnasio, que si los trámites de la visa, etc.). Comprar azúcar a 22 mil bolos no es un problema para ellos, un motivo de queja o de condena. Un día normal. Rutina.

Señoras y señores, tenemos la clase media más idiota del planeta

Par de carajitos de 9 años hablaban en inglés (seguro estudian en colegios bilingües del este que se pagan en dólares), las cajeras pasan productos a toda velocidad por el sensor, las cuentas por cada carrito llegan fácil a los 300 mil bolívares, más el azúcar gringo. Gente que no sabe qué es eso de la crisis económica, que la puede consumir en prensa, radio y televisión, pero que a la hora de la verdad no la siente en el bolsillo.

Llego a la casa con la impresión de haber visto un kilo y medio de azúcar a ese precio. Me meto en internet, pongo el nombre de la marca y en la página de Walmart, el mismo kilo de azúcar cuesta 2 dólares con 32 centavos.

Uno no es economista, pero una matemática simple sirve para entender la cuestión.

Si el empresario que trajo importó esa azúcar la importó a 4 mil bolívares por dólar, a como estaba hace poco, ese kilo de azúcar debería costar más o menos 9 mil bolívares. Pero no, cuesta más del doble. Y la clase media alta venezolana la paga. Compra sin problemas el azúcar más cara del planeta. En ningún país de la región, un azúcar cuesta tan caro si se ve transformada de dólar a moneda local.

Pero ese empresario no puede ser tan idiota para comprar un dólar en 8 ó 9 mil bolívares que justifique ese precio. Más bien parece haber entendido una cuestión mucho más sencilla: como la clase media alta caraqueña paga lo que sea por tener un pedacito de Wall-Mart en El Cafetal, entonces pongamos el azúcar lo más caro posible. Como niño que chilla y la mamá que lo pellizca. Cualquier vaina le echamos la culpa a Maduro si nos hacen boicot o critican el precio por las redes sociales. O a la inflación, que eso siempre convence.

Pero ya ni eso hace falta. La clase media se deja robar y sonríe en el proceso, porque ella no lo ve como un robo o una estafa del empresario, sino como el precio justo a pagar por tener un trocito de anaquel gringo en el automercado de su zona. Dicen por ahí que no hay oferta sin demanda, y es cierto: ese azúcar no tendría ese precio si no hubiera personas dispuestas a pagarlo. Y la clase media lo está.

Porque a precio Dólar Today, conseguirían mayores ventas, porque quien puede pagar por un paquete de azúcar 22 mil bolívares lloraría de la emoción si puede llevar tres a ese precio. Pero esto ya no es un tema de lógica económica.

A la clase media le hace sentir bien que le partan el brazo quien dice quererla y defenderla (los empresarios privados), un verdadero ejercicio de solidaridad y de cariño de clase. Con tal de que no sea el gobierno, todo bien.

Los que dicen que los altos precios de los alimentos están condenando al país al hambre y la desnutrición, son los que hacen negocios vendiendo el azúcar más cara del mundo a la quizás más idiota clase media del continente.

Entonces aquello de darle más confianza y libertad al sector privado debe ir por aquí. Por ir metiendo de a cuentagotas pedacitos de Wall-Mart en los anaqueles, con el apoyo irrestricto y contundente de los consumidores high class capitalinos.

Los que están dispuestos a pagar lo que sea por el anaquel gringo-europeo que según ellos el gobierno le quitó. Toda una gesta heroica.

Misión Verdad

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